jueves, 13 de julio de 2017

En defensa impropia

A mi llorado y añorado Esteban Pérez le gustaba recordar que el periodista no debe ser protagonista de la noticia. A los que llegamos a este territorio -ahora inhóspito- sin más impulso que la vocación nos cuesta enfrentarnos a ese dogma,.
Quiero pensar que, también en este caso, habría  recibido un buen consejo, o una colleja; en todo caso, habríamos tenido ocasión de debatir, de discutir, de discrepar o hasta de ponernos de acuerdo.
Viene esto a cuento porque cuando Esteban se nos fue andábamos descubriendo la telefonía móvil y el fax aún nos parecía un avance tecnológico revolucionario. No podíamos imaginar todo lo que estaba por llegar, pero tampoco todo lo que se iba a llevar por delante este tiempo de redes y enredos.
El preámbulo es solo una excusa. Sería complicado explicarle que ando buscando la manera de lanzar un mensaje de agradecimiento colectivo destinado a los que estos días me han hecho llegar su cercanía sin que eso suponga una excusa para volver a enfangarnos en batallas estériles que solo conducen a la melancolía.
Me decido por el blog buscando la ventaja que otorga jugar el partido de vuelta en casa; hace tiempo convertí este espacio en un terreno suficientemente difuso y de ambigüedad más o menos calculada, al servicio de interpretaciones tan difusas o ambiguas como la propia reflexión.
En realidad lo que estaba buscando es la manera de proclamar, sin que suene a excusa, que a veces a uno no se le ocurre nada mejor que el silencio para acallar el ruido.
Seguramente a Esteban podría explicarle con otras palabras que este mensaje no es más que un alegato en defensa impropia sin más pretensión que proclamar el valor de los detalles minúsculos, capaces de alcanzar la dimensión de grandiosos en función del momento en el que llegan.
En cuanto acabe el cursillo para aprender a escribir entre líneas será más sencillo explicar estas cosas.

martes, 25 de abril de 2017

Para septiembre

No aprenderemos, no es verdad. Hay asignaturas que siempre dejamos para septiembre y exámenes en los que nunca pasaremos del cinco raspado aunque creamos conocer al dedillo la lección.
Siempre son otros los que resultan asaltados a traición por un golpe del destino. En algunos casos, la conmoción es más cercana y nos recuerda hasta que punto son intrascendentes tantos desvelos cotidianos, hasta que punto son sustanciales todos esos detalles -también cotidianos- que relegamos a la categoría de secundarios.

Por momentos, entendemos la fragilidad de los cimientos sobre los que se asientan las más firmes convicciones, reparamos por un instante en la finísima línea que separa el todo de la nada y constatamos que no hay nada más permanente e inamovible que la provisionalidad de las cosas.
Luego llega la noche, nos acurrucamos con nuestras miserias y abrazamos los miedos que nunca sacamos de la mochila. Por la mañana, la inercia nos lleva a lanzarnos por ese sendero que nos permite sobrevivir; el camino que discurre paralelo -aunque a imprudente distancia- de ese otro, el de la vida misma, que aspiramos a recorrer algún día.

lunes, 13 de febrero de 2017

Sobrevivir a San Valentín

Este blog brotó a la sombra de una carta de amor. Asunto recurrente para volver a adentrarme en terrenos pantanosos en estos días en los que San Valentín nos asalta por tierra, mar y aire.
No hay estadísticas que avalen la teoría, pero hay quien sostiene que el día de los enamorados desata más conflictos de pareja que pasiones de alcoba. Desde luego, la avalancha publicitaria descarta el recurso al despiste para incumplir con el compromiso ligado a la fecha. Aunque tengo un amigo que ya le ha encontrado la ventaja al asunto y asegura que aprovechó el último 14-F para dar la puntilla a una de esas relaciones que no sabes como rematar.
La sobreactuación suele desembocar en el mismo territorio del fracaso que la apatía. El almíbar es un ingrediente que requiere cierta destreza y rara vez aciertan con la dosis los reposteros ocasionales. El romanticismo impostado parece tan poco aconsejable como el fanatismo anti-cupido, capaz de alzar banderas contra cualquier atisbo de cariño que pudiera confundirse -horror- con la cursilería.
La casuística amorosa es tan amplia como la tipología de las relaciones de pareja, sin que necesariamente coincidan ambas circunstancias. El amor, si es que existiera, debería darnos las claves para manejarnos con cierta destreza, pero la guía práctica -pendiente de elaborar- para sobrevivir a San Valentín tendría que calibrar el tratamiento que a cada caso convenga.
Hay amores imposibles, irresistibles, impensables, irresponsables...
Hay amores que nunca debieron ser y otros que nunca llegan, hay amores de ida y vuelta, amores a los que siempre estamos volviendo, amores escondidos a la vista de todos...
Hay amores dormidos entre las páginas de un libro, amores que se resbalan entre los dedos, hay amores idílicos, amores carnales, amores de carne y hueso...
Hay amores a los que un día dijimos adiós desde el andén, amores que nunca quisimos ver aunque estuvieran delante, hay amores que nunca existieron y que jamás podremos olvidar.
Hay quien ha llegado a asegurar que hay amores reales, amores de verdad, indestructibles, eternos, amores de toda la vida y más allá. Dicen que se han dado casos, pero ni siquiera ellos tuvieron garantizado superar el trance de San Valentín sin morir en el intento.

lunes, 2 de enero de 2017

Reflexión de emergencia contra la 'sequía'

Mi amigo Jorge, que sabe de esto, se preocupa por la 'sequía' en estas tierras del blog. Tiene razón. Dos meses largos en blanco, según compruebo ahora. Será que no ha caído ni gota de inspiración. Será que había poca cosa que decir, será que había muy poco que aportar, será que hay cosas que no se pueden decir, cosas que no sabría contar y cosas que no vienen a cuento. Será que hay cosas que me interesan muy poco y otras que no interesan a nadie.
Mañana de niebla en Jorquera, Albacete
Seguramente tampoco interese a casi nadie esta reflexión insustancial en pleno tránsito entre el año que se va y el que ya tenemos aquí, pero es lo que tengo más a mano. Al fin y al cabo es algo que todos hacemos, supongo, en estos días de balances y de buenos propósitos.
2016 nos ha curtido en esa destreza natural que a algunos -es el caso- nos lleva a tropezar una y mil veces en el mismo canto. Hemos despejado incógnitas, hemos sembrado dudas, hemos amado por encima de nuestras posibilidades, hemos abrazado menos de la cuenta y nos hemos dejado querer, incluso sin querer.
Hemos caído en las garras de la procastinación y hemos abierto la puerta a la soledad cada vez que se pasó por casa a visitarnos. Hemos nadado en los mares de la torpeza hasta morir en la orilla y seguimos buscando el antídoto contra la picadura de la cobra. También aprendimos a volar sin levantar los pies del suelo y ellos -los que siempre están- han seguido al lado. Menos mal.
Hemos puesto las ies sobre los puntos y hemos comprobado de nuevo que, con la edad, la paciencia es una virtud en retirada. Será por eso que cada vez somos más intransigentes con los que nunca se comprometen, con los que siempre te comprometen, con los que nunca dicen lo que piensan, con los que nunca piensan lo que dicen, con los que lo saben todo, con los que no quieren saber nada.
Hemos alimentado sueños imposibles y hemos renunciado a otros que una vez creímos rozar con la punta de los dedos. 
Nada especial, como ves, amigo Jorge. Lo habitual para recibir a este 2017 que se nos viene encima sin tregua y sin remedio, pero con vino y rosas por compartir, con paisajes que descubrir y con besos que esperan ser rescatados.  
Empezamos el año instalados definitivamente en la provisionalidad, que visto lo visto habrá que asumir como el estado natural de las cosas.
En general leo y percibo estos días más sombras que luces en los balances de lo vivido y en las perspectivas de lo que nos espera. Pero conviene recordar que el sol casi siempre acaba por abrirse paso entre la niebla. Sin dejar de lado otra cuestión que tal vez no valoramos lo suficiente: seguimos aquí para contarlo. Que no es poca cosa.