miércoles, 16 de mayo de 2018

Volver a escribir

Un día de estos tengo que volver a a escribir. Sin un motivo concreto para hacerlo, ni siquiera por un motivo especial. Escribir sin mayores pretensiones, aunque solo sea por una necesidad vital irreprimible. Escribir sin explicaciones añadidas, aunque sea solo por placer, por capricho o por alguna razón que seguramente no viene a cuento. Escribir sin más, sin un soneto al que agarrarme, sin versos, besos o árboles en los que cobijarme, sin lágrimas que hagan resbalar la tinta por el papel.
Un día de estos, cuando vuelva a escribir, me dejaré llevar sin rumbo fijo ni destino. Sin más ataduras que la gramática elemental y la dosis justa de equilibrio -si la hubiera- para transitar por esa frontera que separa el miedo de la prudencia. Escribir sin otra guía de viaje que no sea la inspiración o, en todo caso, la desesperación.
Volver a escribir. Sin ambiciones ni pasiones. O con ellas. Asumiendo el riesgo de adentrarme en un párrafo en el que podría tropezar con aquella primera carta de amor que nunca llegué a escribir a la chica del pupitre de al lado. Escribir sin necesidad de añadir nada nuevo a lo ya dicho tantas veces. Escribir para contarlo todo, para sacar del armario los fantasmas del pasado y hacerle hueco a los del futuro.
Escribir sin más. Por si mañana recobrase la razón y aún a riesgo de que se deslice entre las líneas un secreto inconfesable o esa canción que tengo prometida. Tengo que volver a escribir aunque solo sea para pedir perdón por todos los pecados, salvo por los que cometí por amor. Escribir porque si. Aunque solo sea para decirle cuatro cosas (cuatro nada más) al lucero del alba. Aunque solo sea para dictar testamento. Aunque solo sea por evitar que alguien (o yo mismo) pudiera caer en la tentación de interpretar todo lo que quiero decir con mis silencios.
Debería volver a escribir ahora que todavía me esperan unos pocos renglones en blanco, ahora que aún puedo llegar a un punto y aparte en el que detenerme antes de seguir con el resto de una historia que a nadie le interesa.
Tendría que escribir algo ahora que aún estoy a tiempo de volver a llegar tarde.  Escribir para acallar al poeta que nunca he llevado conmigo.
Un día de estos tengo que volver a escribir, aunque solo sea para no olvidar lo que se siente al escribir.



domingo, 18 de febrero de 2018

Amor (del bueno)

Venía escrito así, entre paréntesis, en uno de esos mensajes que mandamos y recibimos, con más o menos tino, el último día del año. Estos días he acudido a la fuente tratando de resolver la dudas razonables que suscita el concepto en cuestión, pero tampoco en el origen del mensaje he podido encontrar una definición precisa que nos permita acreditar si el deseo expresado se ha hecho realidad o tenemos que seguir a la espera.
En el fondo, supongo, que es solo una excusa para adentrarme de nuevo en un territorio en el que resulta sencillo perderse, por más que sigamos en permanente exploración. En mi caso, es posible que sea el efecto del 14-F lo que me lleve de nuevo por estos caminos. Creo recordar -aunque no sea elegante citarse a uno mismo- que hace poco más de un año ya me metí en estos jardines tan frondosos y tan frecuentados por San Valentín.

Parece lógico pensar que si alguien nos desea amor (del bueno) es con toda la intención de distinguirlo de otro, digamos que un amor (del malo) que no es precisamente deseable para uno mismo ni para esas personas de las que nos acordamos cuando está a punto de empezar un nuevo año.
En contra del criterio de algunos expertos o de románticos empedernidos, deberíamos admitir que el amor (del malo) es tan cierto como el colesterol bueno por más que los términos nos sugieran conceptos contradictorios. Y asumido como cierto el riesgo de caer en manos de ese otro amor, aún tiene más sentido intentar atraer al que de verdad merece la pena, al amor (del bueno).
Seguramente sería más sencillo si pudiéramos identificarlo, pero está por escribir una teoría del todo fiable y, por tanto, nada científica sobre sus características. Aunque también es cierto que esta indefinición conceptual tiene algunas ventajas.
Sin ir más lejos, de esta manera podemos evitar el mal trago de entender que era amor (del bueno) aquel que un día  dejamos escapar. O que el amor (del bueno) lo tenemos al lado pero seguimos haciendo méritos para que haga las maletas en cualquier momento. 
Si se escribiera un Tratado sobre la materia podríamos llegar a descubrir que el amor (del bueno) sigue ahí afuera esperando que le abramos la puerta. O simplemente que el amor (del bueno) era aquello que sentimos por la chica del pupitre de al lado en el Instituto, aunque ni siquiera lográsemos robarle un beso.
Si tuviéramos las cosas claras podríamos llegar a entender que el amor (del bueno) está por llegar a nuestra vida, sin que necesariamente sea uno distinto a los anteriormente descritos.
Parece evidente que son más las dudas que las certezas, aunque uno intuye que al amor (del bueno) y a la inspiración, como a la vida en general, le viene bien un buen vino. Es verdad que en este capítulo hay menos dudas; el vino (del bueno) tiene que ver, entre otras cosas, con el origen y el tipo de la uva, con las cepas y las barricas, con la elaboración o con la añada de la cosecha, pero la condición esencial es acertar con la compañía de la gente con la que lo compartimos.
Pensándolo bien, en el caso del amor (del bueno) esa también debe ser la cuestión esencial para llegar a distinguirlo.




domingo, 21 de enero de 2018

Hoy puede ser un gran año

Avanza enero y no hay manera. Todos los intentos por estrenar el año bloguero se quedan en el primer párrafo. Me ocurrió cuando me disponía a escribir sobre los buenos propósitos para el 2018 porque, para evitar agobios, he optado esta vez por ampliar el plazo -digamos que otros 365 días- para tratar de rematar los que siguen pendientes del 17.
También sucedió cuando trataba de hacer  balance general del año que se fue. Seguramente porque hay cuestiones, aparentemente menores, en las que ahora ni siquiera reparamos y que algún día nos recordarán que la vida no pasó de largo. No son muchas, apenas un puñado de vivencias - "aquellas pequeñas cosas" que decía el gran Serrat- aún pendientes de encontrar el espacio que merecen en algún cajón en el que reposan emociones, sabores o colores; o tal vez en ese rincón en el que quedó grabada la huella que nos dejó una sonrisa que no venia a cuento, un abrazo balsámico al final de un día infernal, una estrella -gallega claro- en el camino, la luz de un atardecer junto al mar, la emoción de aquella escena, o aquel beso furtivo y fugaz que posiblemente ni siquiera ocurrió.

Aunque imagino que el intento fallido también se debe a que al balance le siguen faltando elementos esenciales. Aún no han echado raíces tantos árboles plantados a los lados del sendero y hasta primavera no llegará el momento de ver como los brotes se abren paso en las ramas  ahora desnudas.
También cuenta, supongo, esa dosis de pudor, posiblemente absurdo pero inevitable; el que convierte en poco apropiada la exposición en plaza pública de los exámenes de conciencia. Y en todo caso, a estas alturas, es de suponer que falta algo de reposo o de perspectiva -por más que se agolpen las condenas ajenas- para dictar sentencia sobre tantas decisiones tomadas o esas otras que dejamos de tomar. O dicho de otra manera, aún no he conseguido dilucidar si dice mucho -a favor o en contra- cerrar el año con la sensación de que los amigos te quieren un poco más y los enemigos bastante menos.
Visto lo visto, tal vez sería mejor ponernos ya con los propósitos del 17 y, de paso, podríamos empezar a pensar en el balance del 18. Al fin y al cabo, si algo nos han enseñado los años que vamos acumulando es que en esto del tiempo casi todo es relativo; se puede medir con precisión suiza, pero está completamente condicionado por las circunstancias. Las horas duran lo que duran -siempre lo mismo- pero pueden ser eternas o fugaces, como los días, como las semanas o los meses. Unos pocos minutos o incluso unos segundos pueden resultar interminables. Pero la vida no. La vida es un suspiro, atraviesa los años a velocidad de vértigo y la aceleración - eso también está más que acreditado por la experiencia propia y ajena- aumenta inevitablemente con la edad. Si algo nos han enseñado los años es que uno de estos días será inolvidable por algún motivo y, en cualquier caso, este de hoy es ya irrepetible.


viernes, 8 de diciembre de 2017

El legado de Esteban: Año XXV

Amigo Esteban:

En realidad no tengo mucho que añadir a lo ya dicho en aniversarios anteriores. Escrito queda el dolor de la pérdida, la añoranza de los tiempos vividos, el privilegio que supuso compartir contigo aquella parte del camino, el vacío que dejó tu marcha, tan cruel, tan injusta... Escrito queda el desconsuelo que provocó y aún hoy provoca tu ausencia. Grabada está en algún lugar no identificado del alma la rabia infinita contra un destino que nunca debió ser el tuyo.
Cada 8 de diciembre se hace inevitable rememorar la tristeza de aquel momento y vuelve este impulso que me lleva a dejar constancia de un sentimiento que comparto con toda esa gente en la que dejaste una huella que no han podido borrar los 25 años que han pasado desde entonces.
Al escribirlo adivino la emoción de los que aquel día de la Inmaculada del 92 ya intuían, como yo, que el tiempo nunca podría cerrar completamente la herida y que, desde luego, nada podría ocupar del todo ese espacio que dejabas. Ellos fueron testigos y receptores de esa vitalidad tuya, de esa capacidad para contagiar alegría, para generar buen rollo alrededor. Saben de lo que hablo cuando te recuerdo como un tipo que hizo de la sencillez su mejor virtud, que se entregaba con pasión a su profesión, a la radio, a su gente, a su pueblo...Hablo del periodista cabal, del hombre honesto, del amigo leal.
Supongo que el tiempo nos ayuda a entender un poco mejor el valor de ese poso que nos van dejando las cosas que realmente merecen la pena. Han pasado cinco lustros, un cuarto de siglo, que se dice pronto. 25 años que, en mi caso, es ya media vida. Y aunque nada compensa la pérdida, aunque nada puede evitar la amargura de pensar en todas las cosas que la vida te negó, al menos nos queda la certeza del legado que dejaste.
Por eso, después de 25 años, amigo Esteban, sigues por aquí. Tan presente.











El periodista Esteban Perez murió un 8 de diciembre de 1992




jueves, 21 de septiembre de 2017

21-S. La carta. Año III

Desde hace ya tres años, el 21 de septiembre se ha convertido en una fecha especial. 'Por si mañana' surgió como texto literario para participar en el concurso de cartas de amor de Cobisa en 2014, pero después adquirió otra dimensión.
Aunque no fue la intención original, me complace poder echar mano de la carta para rendir un modesto homenaje a todas las 'Julias' que viven en primera persona la dimensión más amarga del alzheimer.


POR SI MAÑANA

Querida Julia:
Te escribo ahora, mientras duermes, por si mañana ya no fuera yo el que amanece a tu lado.

En estos viajes de ida y vuelta cada vez paso más tiempo al otro lado y en uno de uno de ellos, ¿quién sabe?, temo que ya no habrá regreso.

Por si mañana ya no soy capaz de entender esto que me ocurre. Por si mañana ya no puedo decirte cómo admiro y valoro tu entereza, este empeño tuyo por estar a mi lado, tratando de hacerme feliz a pesar de todo, como siempre.
Por si mañana ya no fuera consciente de lo que haces. Cuando colocas papelitos en cada puerta para que no confunda la cocina con el baño; cuando consigues que acabemos riéndonos después de ponerme los zapatos sin calcetines; cuando te empeñas en mantener viva la conversación aunque yo me pierda en cada frase; cuando te acercas disimuladamente y me susurras al oído el nombre de uno de nuestros nietos; cuando respondes con ternura a estos arranques míos de ira que me asaltan, como si algo en mi interior se rebelase contra este destino que me atrapa.
Por esas y por tantas cosas. Por si mañana no recuerdo tu nombre, o el mío.

Por si mañana ya no pudiera darte las gracias.
Por si mañana, Julia, no fuera capaz de decirte, aunque sea una última vez, que te quiero.
Tuyo siempre
T.A.M.R.



La carta manuscrita, tal como fijan las bases del concurso de Cobisa, contribuyó a la difusión a través de las redes sociales.


domingo, 13 de agosto de 2017

Un día de estos (LI)

Hasta aquí hemos llegado, que no está mal para empezar. Hace ya un año que estrené la ele mayúscula que me sitúa en la que un amigo define como 'edad consolidada'. Hoy le he colocado un palito al lado (LI) y, de paso, me he parado un momento a repasar la lista de algunas de las muchas tareas pendientes.
Lo primero que debo hacer es una muesca en la culata del calendario, que no es cosa menor. El destino no siempre está al tanto de estas cosas de la edad y si algo deberíamos haber aprendido es la lección de los que se fueron antes de tiempo, de los que se quedaron en el camino sin venir a cuento. Ellos y otros que tenemos cerca en plena batalla contra ese desatino nos recuerdan hasta qué punto malgastamos lágrimas y racaneamos abrazos y sonrisas.
Eso, junto con tantas muestras de afecto recibidas, deberían recordarme que no siempre acertamos en el reparto del tiempo, que le dedicamos mucho más del que debiéramos a gentes y asuntos que no lo merecen.
Me pongo a la faena. A ver si avanzamos hacia el segundo palito con algo de criterio.
Un día de estos, ahora que he terminado de encalar la casa, tendré que colocar por fin las cosas en su sitio.
Un día de estos, en cuanto recobre la locura, debería poner en su sitio al viejo gruñón que llevo dentro desde niño, empeñado en meterme en discusiones por menos de nada y por casi todo.
Un día de estos voy a mandar a paseo al eterno aprendiz de poeta que se dedica a escribir, en mi nombre, cartas de amor a la vecina de al lado. Ya ni me saluda cuando me cruzo con ella en el descansillo.
Un día de estos saldré a quemar la noche con el canalla al que nunca quise dar una oportunidad y al que más de una vez habría querido parecerme.
Uno de estos días guardaré los tapones de los oídos en el ultimo cajón de la mesilla de noche para echarme a navegar sin miedo a dejarme seducir por los cantos de sirena.
Un día de estos, en cuanto se descuide, volveré a serle infiel a la soledad por más que trate de conquistarme con un anillo de compromiso.
Un día de estos apostaré por el caballo ganador. Y si tampoco tuviera suerte, esperaré a que apuesten por mi para ganar la carrera.
Uno de estos días, en cuanto haya renunciado definitivamente a los sueños utópicos, me centraré en los sueños imposibles.
Un día de estos me sentare en el andén de la estación por la que siempre pasan de largo los trenes a los que nunca me subiría.
Un día de estos, en cuanto encuentre el modelo adecuado, tengo que dejar de ser yo mismo para convertirme en el hombre que debería haber sido alguna vez.
Uno de estos días, en cuanto se me ocurra el tema adecuado y la manera de contarlo, prometo escribir alguna cosa que tenga sentido.

viernes, 4 de agosto de 2017

Premio de consolación

Volvamos a los asuntos importantes. Los que nos trajeron aquí en el origen, a rebufo de una carta de amor. Aprovechemos, de paso, los efluvios de la epidemia matrimonial veraniega desatada a mi alrededor, aunque más allá de la predisposición ocasional, reconozco cierta debilidad por historias como la de Joyce y Frank, una pareja de británicos que murieron el mismo día después de 77 años de matrimonio.
Tiende uno a imaginar la cantidad de capítulos que escribieron juntos hasta rematar el guión con el único desenlace posible. Quiere uno creer que avanzaron de la mano por un terreno de complicidad poco común que debió ir ganando en consistencia a medida que superaban obstáculos que, sin duda, encontraron en el camino. La fortaleza de la relación debió llegar a la máxima expresión de madurez en un momento en el que ambos asumieron que el final se acercaba y que la vida de uno dejaría de tener sentido sin la vida del otro. Podemos dejarnos llevar incluso por la escena de ese último día y esa despedida en el que se solaparían la emoción y la dulzura con la que miraría al otro el último en cerrar los ojos. Podríamos incluso ponerle letra y música a la historia en un bolero que le cantaría al amor infinito y nos invitaría a creer que es posible morir de amor, o por amor.
Luego cae uno en la cuenta de aquello que Sabina nos enseñó sobre los boleros en su Canción de las Noches Perdidas*  y vienen otras voces a poner las cosas en su sitio, o al menos en otro sitio. Es el caso de un buen amigo, de mala reputación, que opta abiertamente por otorgar a estos asuntos del amor o el romanticismo un discreto papel secundario en el escenario de las relaciones de pareja. No es la suya, ciertamente, una teoría científicamente demostrada, pero hay que reconocerle una notable experiencia en estas cuestiones. Después de dos bodas y tres o cuatro divorcios nos citó el otro día para anunciarnos su próximo enlace, convencido de haber dado con el secreto de la estabilidad, que consistiría -según su hipótesis- en la capacidad de uno para soportar los defectos del otro o, en todo caso, para hacerlos compatibles. Basado en hechos reales y vividos en primera persona, explica con naturalidad que su primera mujer le puso las maletas en la puerta cuando le pilló en plena faena con una camarera paraguaya; con la segunda ocurrió algo similar, pero esta vez fue ella la que intimó con un portero, de discoteca. En definitiva, en cualquiera de los relaciones -concluye mi amigo-  podría haber llegado a celebrar las bodas de oro con una aplicación acompasada de la fidelidad, o de la infidelidad. Nunca lo sabremos. Como tampoco sabemos -aunque algo intuimos- qué ocurrirá en su próximo intento.
Al fin y al cabo en estas cuestiones nada es verdad o mentira. O dicho de otra forma, todo es mentira o verdad, o ni siquiera eso, o ambas cosas son ciertas al mismo tiempo. Lo único que parece indiscutible es que no existen fórmulas magistrales, aunque en este contexto estaría bien poder regalar a los contrayentes que he visto desfilar estos días por mi jardín los ingredientes secretos -seguramente a todos se nos ocurren unos cuantos que no deben faltar-  de la receta de Joyce y Frank. 
Pero tampoco descarto que, una vez superado el arrebato de enlaces y anillos, caiga uno en la cuenta de que encontrar a la media naranja y compartir con ella toda una vida puede ser un magnífico premio de consolación, nunca tan valioso como el de encontrar a la pareja ideal cada noche.


...Miente como mienten todos los boleros*